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Una noche, la del 1 de mayo, fracasa el anexo clave que debía activar el tratado global contra las pandemias aprobado en 2025. Y a la mañana siguiente, las autoridades sanitarias informan de varios casos confirmados y sospechosos de hantavirus en el crucero ártico MV Hondius, que había partido de Argentina. Si la pandemia de covid-19 dejó la valiosa enseñanza de que las enfermedades contagiosas no necesitan visado para cruzar fronteras, esta secuencia de acontecimientos, fracaso diplomático un día y alerta sanitaria al siguiente, debería dejar otra igual de importante: los patógenos siguen propagándose sin esperar a los acuerdos políticos.
Y este pacto, aunque no ha recibido la atención mediática que merece, es de vital importancia: es el mecanismo que establecerá cómo los países comparten muestras y secuencias de virus con potencial pandémico y, a cambio, reciben acceso en tiempo real a vacunas, tratamientos o diagnósticos cuando estalla una emergencia. Aprobarlo supondrá que el tratado de pandemias, alcanzado en 2025, se convertirá en una herramienta práctica para evitar que se repitan los errores cometidos durante la pandemia de covid-19: que muchos Estados compartieron con rapidez muestras y secuencias genéticas del virus, pero luego fueron los últimos en recibir las vacunas, los diagnósticos y los tratamientos. Ahora, en el mejor de los casos, se aprobará a lo largo del próximo año.
“El diablo está en los detalles”, me cuenta por teléfono Michel Kazatchkine, miembro del Panel Independiente para la Preparación y Respuesta ante Pandemias, que ha seguido muy de cerca la marcha de las negociaciones y con quien llevo hablando durante los últimos dos años sobre su evolución. Porque si el tratado de pandemias podía ser flexible en cuanto a su interpretación para favorecer el consenso, el anexo que lo pondrá en marcha tiene que bajar hasta el más mínimo detalle: “Si se dona el 20% o el 10% [de las vacunas], si es obligatorio hacerlo o no… Por eso las negociaciones son tan difíciles”, me dice Kazatchkine. Porque los países del Sur Global reclaman garantías para el acceso a vacunas y tratamientos y los Estados con grandes industrias farmacéuticas rechazan compromisos que afecten a su propiedad intelectual.
Y mientras el mundo decide en grandes despachos y lujosas sedes cómo afrontar la próxima pandemia, que todos los expertos coinciden en que llegará más tarde o temprano, Ahmed Abu Kmail y Beatriz Lecumberri nos cuentan cómo Rushdi Hamada, un fisioterapeuta de la clínica de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Ciudad de Gaza, tiene que apañarse con los escasos recursos de los que dispone para seguir atendiendo a personas con graves quemaduras, consecuencia de los bombardeos israelíes contra la Franja. Como Mustafá Darduna, de 10 años, a quien Hamada le ajusta su nueva máscara transparente que logró imprimir en una impresora 3D con los pocos materiales que le quedan. También llega desde Gaza otra historia aterradora: la de una plaga de ratas que “se multiplican a un ritmo imposible de controlar” por la acumulación de residuos y la destrucción de alcantarillas.
Les recomiendo también esta semana la crónica de Aresu Eqbali, desde Teherán, sobre cómo es vivir sin conexión a Internet; la entrevista que mi compañera Silvia Laboreo le hizo desde los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf al investigador argelino Raouf Farrah y este reportaje sobre la memoria negra y esclavista que España dejó fuera de su historia.
Muchas gracias por leernos y hasta la semana que viene.
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