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Queridos lectores, queridas lectoras:
Hoy les escribe Carolina de Lima, periodista brasileña y becaria en la sección de Internacional. Me sumé al equipo en pleno estallido de la guerra que Estados Unidos e Israel lanzaron contra Irán y aquí sigo tratando de entender y explicar esta convulsa actualidad internacional.
Esta semana, otro tipo de conflicto estalló más cerca de las fronteras de España. A poco más de 1.500 kilómetros en línea recta al norte de Madrid, Belfast, la capital de Irlanda del Norte, ha vivido dos noches de intensos disturbios contra inmigrantes. El detonante fue un crimen brutal cometido el lunes por un ciudadano sudanés, acusado de intentar degollar a un hombre que permanece hospitalizado en estado grave. El agresor está detenido. Sin embargo, quienes terminaron pagando el precio fueron muchos residentes de la ciudad, que vieron cómo grupos de encapuchados incendiaban viviendas supuestamente habitadas por inmigrantes y quemaban autobuses, coches y contenedores.
Pedí a nuestro corresponsal en Reino Unido, Rafa de Miguel, que ha viajado a Belfast para cubrir los disturbios, que me contara sus impresiones desde el terreno. Rafa, que lleva años siguiendo la política y las tensiones sociales británicas, me cuenta en un mensaje de voz un detalle que podría pasarse desapercibido:
“Es bastante recurrente que, a medida que se alarga la luz del día, termina la actividad escolar y la temperatura mejora, las calles en Belfast empiecen a animarse un poco más. Y es justo en ese momento cuando salta la chispa y se da violencia callejera tal y como ha ocurrido en los últimos años.
Evidentemente, cada ocasión tiene su argumento, su excusa y en este caso ha sido un crimen horrible en el que había por el medio un inmigrante que estaba bajo el estatuto de solicitante de asilo”.
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Pero la incitación comenzó en redes sociales, con mensajes que convocaban protestas en distintos puntos del Reino Unido. Políticos ultraderechistas aprovecharon el caso para exigir deportaciones masivas, y Elon Musk volvió a alimentar desde X su narrativa sobre una supuesta “guerra cultural” en la que Occidente estaría perdiendo su identidad.
Más impresiones de Rafa desde Belfast, la noche del miércoles:
“A las 8.00 de la tarde, hora local (9.00 en España) el centro está desierto. Todos los comercios están cerrados, las persianas echadas. Prácticamente, no hay bares, ni cafeterías, ni supermercados nocturnos abiertos. Apenas se ve a gente por la calle. Parece que puede acabar siendo una jornada tranquila con helicópteros sobrevolando la ciudad para evitar posibles disturbios; furgones blindados recorren las calles. A no ser que salte la sorpresa en el último momento, cuando llegue la noche definitivamente, parece que ha vuelto temporalmente la calma”.
Pocas horas después, sin embargo, la violencia volvió a estallar, aunque en menor dimensión.
El debate sobre inmigración atraviesa desde hace años la política europea y el endurecimiento del discurso se acelera al mismo tiempo que crecen las fuerzas ultraderechistas.
“Fin de la Europa abierta”, escribió nuestra delegada en Bruselas, María Sahuquillo, en la apertura del domingo. María nos contaba que la Unión Europea busca países terceros donde instalar centros de deportación para migrantes rechazados.
Suiza —que no forma parte de la UE, pero tampoco es ajena a esta tendencia— vota este domingo un referéndum para limitar a 10 millones una población que ya es de 9,1 millones. Mi compañera Sara Velert viajó a Zúrich y me resumió así el ambiente que encontró:
“El resultado se prevé ajustado y las declaraciones que me hace la gente lo reflejan. Están los que rechazan la idea, dicen que se necesita a los inmigrantes para mantener el alto nivel de vida y que poner un límite rígido a la población no aporta ninguna solución a los problemas; luego están los que creen que su país ha cambiado demasiado, se sienten incluso extraños en él y quieren como sea un control sobre la entrada de extranjeros.
'Alguna frontera habrá que poner, ¿no?', me decía un jubilado en la estación de Zúrich. No es un debate exclusivo de Suiza, pero aquí la cuestión migratoria acaba con cierta frecuencia en las urnas por el sistema de democracia directa. Y la derecha populista marca ahí el paso, es su tema favorito. Veremos qué pasa el domingo.”
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