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Superada la ceremonia inaugural, con Shakira, Maná y otros tantos artistas ya de vuelta a los camerinos, comenzó lo que de verdad nos atrapa cada cuatro años: el fútbol. Arrancó en México el primer partido del Mundial 2026 y antes siquiera de que nos hubiéramos levantado del sofá ya habíamos visto tres expulsiones. La cifra, claro, marcaba un récord en la historia de los Mundiales: nunca antes se había expulsado a tantos jugadores en una cita inaugural. Pero no fue eso lo que me llamó la atención.
Con cada una de las expulsiones, el árbitro del encuentro, el brasileño Wilton Sampaio, fue ganando protagonismo en nuestras casas y en las pantallas gigantes del Estadio Azteca. “Decisión: tarjeta roja”, ordenó el colegiado por megafonía tras una explicación repleta de dudas y titubeos. Lo hizo, eso sí, ataviado con una diadema con la que, cámara mediante, grababa cada acción del choque desde su punto de vista. En la espalda, su nombre, Sampaio, serigrafiado como en la camiseta de cualquier estrella del torneo.
No sé si la FIFA pretende darle más protagonismo a los árbitros en este Mundial —al menos sobre el césped—, pero lo de ayer me pareció toda una declaración de intenciones. Algo así como: “Oigan, aquí el del silbato es igual o más importante que cualquier jugador”. Algo que, con el indudable respeto que merece la labor arbitral, me parece un error.
Veremos qué nos deparan los siguientes partidos (¡aún quedan 102!), pero me temo que en ningún caso podremos quejarnos de lo que suceda: lo de ayer en el Estadio Azteca fue un aviso a navegantes. El Mundial moderno ya está aquí.
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