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Francisco Doménech
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¡Saludos! Soy Francisco Doménech y este es el boletín semanal de Materia, la sección de ciencia de EL PAÍS. Y esta semana —como cada año, la segunda de octubre— hemos vivido tres días especialmente intensos, con el reto de contaros el anuncio de los premios Nobel en sus tres categorías científicas. Con la emoción contenida de descubrir si se lleva el máximo galardón de la ciencia alguna persona que conozcamos, gracias a este trabajo que nos da el privilegio de hablar con algunas de las mentes más brillantes de la humanidad. También con la intriga de si por fin volverá a ser un paisano nuestro, cosa que no sucede desde que en 1959 lo logró Severo Ochoa.
Y, además, con la incógnita de si volverá a haber algo que se acerque a la paridad en los máximos galardones de la ciencia, los que solo ha sucedido en cuatro ocasiones: en los años 2023 y 2018, dos mujeres se unieron a ese selecto club; y también en el último decenio, en 2020 fueron tres, algo que solo ha sucedido otra vez (en 2009) en toda la historia de estos premios. El resto de los años, como mucho, las nuevas científicas con Nobel llegan en solitario.
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La idea que hay detrás del Nobel de Medicina de este año parece de ciencia ficción. Utilizando los hallazgos de los otros galardonados, Deisseroth introdujo las proteínas sensibles a la luz de las algas en algunas células del cerebro de ratones y después utilizó un haz de luz azul que actuaba como un interruptor para encender o apagar las neuronas. El resultado, que publicó por primera vez en 2005, es una herramienta de una precisión extraordinaria para estudiar cómo los circuitos neuronales producen el movimiento, los recuerdos, las emociones o el comportamiento y también para manipularlos. Con esta técnica ya es posible, entre otras cosas, borrar o restaurar recuerdos del cerebro de ratones solo con luz. El trabajo de estos tres científicos ha permitido desarrollar una tecnología que hoy utilizan laboratorios de todo el mundo.
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“Tenía el presentimiento de que le iban a dar el Nobel”, reconoce Enrique Zas, quien a finales de los 80 trabajó durante tres años con Halzen haciendo cálculos sobre la mejor forma de atrapar neutrinos y saber cuántos llegarían a los detectores. Unos años antes se había intentado construir un telescopio de neutrinos bajo el mar, en Hawaii; pero no tuvo éxito, en parte porque los tiburones se comían los cables, recuerda Zas. La opción de Halzen, con esa forma de queso gruyer enterrado en el hielo, fue “una innovación total”, destaca Zas. El que siguen usando los detectores fue otra de las contribuciones al proyecto.
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Algunas moléculas son como las manos: una es la imagen de la otra reflejada en un espejo y, aunque se parezcan, no se pueden superponer. Muchas moléculas son así y los químicos las llaman quirales, del griego mano. Cuando los químicos cocinan moléculas en un matraz, siempre les salen mitad y mitad, de “izquierdas” y de “derechas”. Sin embargo, en la realidad, la vida suele elegir bando. Los aminoácidos que forman tus proteínas son casi todos “de izquierdas”, y los azúcares de tu ADN y tu ARN son de la contraria, “de derechas”. Es como una cerradura que solo admite llaves de una mano. Sin ella, las proteínas y el ADN tal como los conocemos no funcionarían.
Uno de los grandes misterios de la química era el origen de los bandos ganadores si, en la Tierra primitiva, como en los laboratorios, aparecieron cantidades iguales de ambas manos. El comité Nobel recuerda que aquello sucedió hace más de 3.500 millones de años y que probablemente nunca habrá una respuesta definitiva, pero los premiados de este año ofrecen una buena hipótesis que, además, tiene consecuencias prácticas muy interesantes.
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Un ejemplo de la importancia de la quiralidad de las moléculas es el dexketoprofeno, un antiinflamatorio muy popular por su eficacia contra el dolor, como os contamos hace tiempo en este reportaje:
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