La lista de fobias de Donald Trump es amplia, amplísima, casi interminable. La inmigración. El Partido Demócrata. La Unión Europea. El libre comercio. La comida saludable. La prensa libre. Y, ahora, también el viento. El presidente de Estados Unidos ha iniciado en los últimos días una auténtica cruzada contra la energía eólica, la principal fuente de electricidad verde de Estados Unidos y –junto con la solar fotovoltaica, aún más barata– la que más ha contribuido a frenar la subida de precios en los últimos años.
La escalada retórica ha pasado este agosto al terreno de los hechos. El presidente de la primera potencia mundial acaba de anunciar que liquidará un gran proyecto, valorado en más de 6.000 millones de dólares (casi 5.200 millones de euros), frente a las costas de Ocean City (Maryland). Las consecuencias son enormes y variadas.
Mientras el resto del mundo transita hacia las renovables, la primera potencia se aleja de sus objetivos. Y una de las empresas pioneras en el campo de la eólica marina, la danesa Orsted, titular de varios grandes proyectos en el gigante norteamericano, flirtea hoy con sus mínimos históricos en Bolsa tras perder casi la mitad de su valor en lo que va de 2025.
El suyo es un odio cerval, desaforado, ajeno a cualquier intento de explicación racional. De los aerogeneradores ha dicho que matan aves y que afean el paisaje para, a renglón seguido, glosar las bondades de la energía más sucia que hay: el carbón, uno de sus grandes ojitos energéticos, junto con la nuclear, y cuyo retroceso es mucho más lento en EE UU que en el resto de Occidente.
En su diatriba, el republicano ha llegado a ordenar a Europa que “pare” sus molinos de viento. Unas turbinas que, por cierto, evitan que los Veintisiete quemen cada año toneladas de gas fósil, en gran medida procedente de dos Estados del golfo de México: Texas y Luisiana. Quizá ahí, quién sabe, resida gran parte de la obsesión del presidente.
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