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Ni tú, ni yo, ni nadie. No hay persona en este mundo que haya visto un futbolista como Messi. Te guste o no, lo hayas sufrido en contra o disfrutado a favor, estés incluso convencido de haber visto a alguien mejor que él, los datos (¡hasta los fríos datos!) solo pueden ratificar, ahora también en los Mundiales, lo que desde hace tiempo resulta innegable.
Messi metió su primer gol en una Copa del Mundo en 2006, en su debut ante Serbia, aún melena juvenil al viento. Ayer, veinte años después, se estrenó en su sexto Mundial con un hat-trick ante Argelia en Kansas City (EE UU). Una durabilidad sin precedentes. Dos décadas en la cima. Es, por hacernos a la idea, como si Maradona hubiera abierto boca en Corea y Japón, allá por 2002, con tres goles ante Nigeria. Como si Pelé hubiera hecho lo propio contra Suecia en Argentina 78. Ambos, evidentemente, llevaban años retirados por entonces, cada uno con sus luces y sombras.
Messi, que ya ha igualado a Miroslav Klose como el máximo goleador histórico en los Mundiales (16), reconoció ayer tras el triunfo ante Argelia que en sus ratos libres anda viendo la serie documental de Nadal, Rafa, estrenada hace pocas semanas en Netflix. En un momento del metraje, cuyo visionado te recomiendo, el tenista español le confiesa a su equipo y a su familia que el de 2024 iba a ser su último Roland Garros. “Que no salga de aquí”, advirtió también ante las cámaras.
Desde entonces, Nadal aguantó estoico a las preguntas de la prensa en cada torneo, en cada rueda de prensa. Esquivaba el bulto. Dejaba la incógnita sin despejar, futuro siempre abierto. Pero sabía, como sabían sus allegados, que no aguantaba más. El pie, la espalda, las rodillas. Su cuerpo había dicho basta. Esta vez de verdad.
Con Messi sentí ayer algo parecido, y no desde luego por una cuestión física. Cuando salió sustituido en el minuto 80, su entrenador, Lionel Scaloni, rompió en llanto. Era solo el primer partido de Argentina en la Copa del Mundo, pero no pudo contener las lágrimas. Tampoco Messi, que justo tras firmar el primero de sus tres goles, comenzó a sollozar, acelerando el parpadeo para enviar atrás las lágrimas.
No sé de dónde viene tanta emotividad. Menos aún en el estreno. Hay quienes apuntan a una cuestión familiar. Pero algo me dice que, como Nadal en su día, ambos, Messi y Scaloni, saben algo que aún no nos han contado. Disfrutemos del 10 mientras podamos.
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